viernes, 17 de octubre de 2014

viernes, 30 de enero de 2009

ÓXIDO

Por aquella época Beatriz tenía su consulta en un piso de la zona céntrica, sobre la calle peatonal del pueblo. Un ascensor de rejas extremadamente lúgubre ubicado al final del pasillo oscuro subía pesadamente los pacientes hasta su ático depositándolos suave y silenciosamente en la quinta planta donde la luz, ahora abundante, favorecía la vida de frondosos helechos que supuse ella atendía. Allí, me aseguraba que el minutero estuviese casi encimando al doce y pulsaba el timbre.
En esos tiempos trabajaba sola y las sesiones eran de cincuenta minutos, por lo que el paciente anterior imperiosamente debía haber salido faltando diez para mi cita, utilizando ella el lapso restante para hablar por teléfono o escuchar mensajes del contestador. Al principio pensé que esos minutos previos a la entrevista los utilizaba para actualizarse con los antecedentes del próximo visitante repasando sus notas anteriores, pero me equivocaba.
Transcurrida la breve, afectuosa y formal ceremonia de recepción, que podía prolongar con cualquier comentario que quisiese insertar -ya que el tiempo era mío y lo gastaba como quisiera según gustaba decir-, me instalaba en el diván mientras ella acomodada en el sillón, tomaba apuntes sobre mis expresiones en su cuaderno a mis espaldas.
El estudio consistía en un ambiente amplio compuesto por lo que originariamente habrían sido dos habitaciones linderas a las que se les quitó el tabique divisor transformado ahora en un arco unificador. En el área cercana al ingreso tenía un escritorio donde atendía llamados y las cuestiones de horarios y dineros, por allí entre muchos objetos y regalos que recibía y exhibía con orgullo, había un busto pequeño del fundador de la disciplina. Más reservado, totalmente rodeado de libros, se mantenía el otro sector destinado al diván y a su sillón.
Entre ventanas, bibliotecas y cuadros se consumían la mayoría de las paredes, por lo cual recién descubrí el empapelado que las vestía después de varias sesiones. Era un papel antiguo de un color crema o beige o té con leche, con el repetido detalle de una pequeña, casi minúscula flor de lino o algo así, a dos centímetros una de otra que ya había perdido su color original por el paso del tiempo. Por ello, desde donde yo observaba el papel -la cabecera del diván a unos tres metros-, se veía prácticamente liso.
Con la vista fija en esa saliente de pared que conformaba la base del arco, dos veces por semana desmenuzaba mis pensamientos, a veces con claridad meridiana, otras enredándolos inevitablemente hasta llegar a mis menos diez. Una tercer y terrorífica opción era la de permanecer callado tirando de esa forma desesperadamente simple mi tiempo y mi dinero.
En uno de estos últimos períodos de sequía fue que descubrí en la saliente de la pared el detalle de la florcita, más o menos a la altura de donde debería ir colgado un cuadro. Desde ese día deposité mecánicamente mi mirada en ese lugar dejando fluir mis ideas con la visión perdida en esa pequeña flor sin que nada de lo que pudiera pasar en el lugar la perturbase.
A los dos meses de concurrir ya había automatizado mi ingreso: Botón de telefonillo, pasillo, botón de ascensor, minutero en el doce, timbre, hola Beatriz, diván, florcita y a soltar. Pero en algún momento, en algún vacío de ideas, me asaltó la inquietud de porqué me había fijado en esa florcita y no en otra de los miles que la rodeaban. Entonces, en la siguiente sesión, una vez consumido el quincuagésimo minuto de la entrevista, me incorporé y me acerqué a inspeccionar el pequeño detalle más de cerca.
Ni bien revisé la flor descubrí sobre ella un punto de óxido del tamaño de la cabeza de un alfiler que modificaba el dibujo original constituyendo una alteración suficiente del trazado para llamar mi atención allá abajo en la cabecera del diván. Desde ese instante el punto de óxido sobre la florcita se transformó en una preocupación especial. Evidentemente había algo metálico debajo del empapelado que estaba transmitiendo su color al papel. Me esforcé durante varias visitas en descubrir de qué se trataba. Supuse primero la existencia de un clavo remachado en el lugar; adiviné después el recuadro de una antigua caja de seguridad empotrada en la mampostería; aventurando mas tarde la presencia del ojo de una cerradura carcomida por el óxido y enmudecida por el papel hacía diez, quince o veinte años atrás. Estaba intrigado pero no volqué mi interrogante en las sesiones.
En algún momento -posiblemente durante un fin de semana-, pese a mantener controlado debidamente el punto marrón, este se duplicó, triplicándose unos días después y llegando a amenazar luego con perforar el papel ¡El óxido avanzaba!
Había incorporado una actividad accesoria –o principal- para realizar cuando me instalaba en el diván: verificar la evolución de los puntos de óxido de quien sabe que objeto que acallado por la cola y el papel osaba reproducirse en mis propias narices. Estaba seguro que ese algo silenciado buscaba comunicarse conmigo pero no con los demás inadvertidos que visitaban el diván durante el día.
Como todos los años llegó el verano y ella tomó los sesenta días de su mes de vacaciones. Cuando volví a verla la saludé presuroso, le alabé su color de piel y me dirigí rápidamente hacia el diván para ver hasta donde había avanzado la mancha lacerante. En ese sitio con gran desilusión advertí que habían empapelado el estudio con un nuevo material de tono crema, beige o té con leche, con unas rayas verticales casi invisibles agrupadas de a tres.
Los puntos de óxido habían sido removidos o tapados nuevamente. Ignoraba si volverían a brotar, por eso esperanzado en que las humedades del invierno los hiciesen reaparecer, seguí analizando mi conducta hasta bien entrada esa estación.
Pero no tuve suerte, entonces, un día lluvioso cansado de esperar me despedí de Beatriz, no tenía sentido seguir concurriendo.

lunes, 16 de junio de 2008

J. D.




Corté con J. Danguillecourt y me seguí enjabonando. El agua salía abundante y apenas caliente, así que me quedé bajo la flor como veinte minutos, no me imaginé que me llamaría hoy, un domingo, para informarme la resolución del directorio. Por eso me quedé en la ducha disfrutando de la noticia: la editorial aceptaba la suma que temerariamente le había solicitado por la publicación de mis obras completas. Después de veinticinco años de trabajo por fin lograba sacarles algo, me habían estado explotando todo este tiempo por unas pocas monedas. Les había entregado varios éxitos editoriales y seguía en la pobreza. Recurrí ante todos los peldaños de la empresa para lograr una mejora pero nada, desde las gerencias hasta los ordenanzas, estaba atrapado por unas normas contractuales absurdas. Aunque tuve una buena idea cuando traté de ligarme a la hija de J. D. y casi se concreta, es más, se concretó el romance y pasamos unos cuantos meses juntos, pero del contrato nada. Claro este bomboncito disfrutaba de las ganancias del editorial pero no tenía ni las más mínima influencia en su manejo. En síntesis, estuve manteniendo una relación que se tornó insoportable con el fin de no estropear aun más mi situación de explotado. Por suerte apareció un primo al que no veía desde la niñez y se la endosé a punto tal que hoy constituyen un matrimonio ejemplar. El caso es que yo seguía aportando mis mejores trabajos como El loco de la ventanilla del que se editaron 250.000 ejemplares o Los límites del servicio con 200.000 en castellano y 90.000 en catalán y seguía viviendo en este ático al que pocas veces llegaba el agua para ducharse.
Tal como me solicitaron en el llamado, el lunes a las 20 horas estaba hundido en los lustrosos y excesivamente mullidos sillones de piel de la secretaría privada de J.D, de quién poco sabía, es más, nunca la había visto, porque en realidad el dueño de la editorial había sido su esposo hasta su reciente desaparición, pero no me iré por las ramas. A las 20.15 horas la secretaria abrió la puerta del despacho presidencial y se despidió hasta el día siguiente, mientras luego mirándome dijo: ya puede pasar.
J. Danguillecourt era una mujer alta delgada con piel amarillenta de unas dos tallas mayores que las de su esqueleto, el cabello de un color gris indefinido sin aparentar edad alguna, digamos más de 70 y menos de 200. Tenía entre los pliegues de su rostro unos ojos claros y vivaces con los que parecía sonreír. Mientras me miraba fijamente me extendió una mano huesuda y de largos dedos que abundaba en oros y colgantes valiosos y estrechó la mía mientras con la otra señalaba unos sillones similares a los de la recepción donde debí sentarme. Cuando salió desde detrás de su escritorio advertí que debió haber tenido muy buenas formas pues me recordó las caderas y largas piernas de su hija.
Me ofreció un brandy y mientras bebíamos me observaba en silencio, como haciendo una pausa en un diálogo que no se había iniciado. Me inquietaba cual sería la conversación con aquella mujer intrigante, pero no estaba nervioso, casi se diría que disfrutaba con la prolongación de aquel silencio.
-Y porqué entiende usted, mi estimado Ruffus, que mi editorial está dispuesto a publicar sus obras completas. Preguntó de repente con una voz profunda que ocupó todo el ambiente.
En realidad no sabía que alegar y hubiese deseado que siguiese en silencio, pero empecé a buscar palabras para armar una contestación mientras ella con los ojos me ofrecía otro brandy. Cuando tomé la copa, abrazada por sus largos dedos concurrió en mi auxilio y dijo:
- Puedes llamarme Jordina.

martes, 22 de abril de 2008

miércoles, 9 de abril de 2008

Jurado


El cielo estaba gris plomizo cuando cruzaron al bar con el rostro adusto. No emitieron palabra desde que salieron hasta que estuvieron sentados alrededor de una mesa. El camarero que no los conocía, se acercó con recelo y tomó el pedido sin sugerir que le parecía demasiada comida para ese reducido grupo. Bebieron de entrada un rosado que les ablandó las facciones y luego de la paella, cuando comenzaron a subir la voz, los comensales vecinos se enteraron de que se habían presentado ese mismo día. Concluidos los postres el académico invitó con cava y la licenciada, algo gruesa, pero conservando destellos de una juventud tempestuosa, prontamente apoyó la propuesta. Todos, serían inevitablemente locuaces a la hora del café. Cuando algunos fumaban y otros acariciaban la copa de brandy, la conversación pasó por sus lugares de origen y de estudio, luego por su obra reciente, incluso encontraron relaciones con camaradas comunes. Fueron los últimos en levantarse, la dama se retiraría sostenida gentilmente por el ganador del certamen anterior, no sin antes intercambiar entre todos tarjetas, buenos augurios y deseos de verse nuevamente al año siguiente, aunque tal vez comerían primero, posiblemente así el premio no volviera a quedar desierto.

lunes, 7 de abril de 2008

miércoles, 2 de abril de 2008

Luisa.



Luisa leía con devoción una novela difícil de sujetar. Como tantos viernes, sentado frente a ella, me preguntaba por su vida, por esos largos períodos de tiempo que pasábamos sin vernos. En el túnel observé su imagen rebotada en el vidrio, ella seguía inmutable como si no me conociese, como si nunca nos hubiésemos amado, como si nuestras piernas ahora prolijamente enfrentadas, no se hubieran enlazado en un caos de pasión febril. Bajó en L’Hospitalet, como los otros viernes. Por supuesto sin despedirse, como si no fuese ella. Incluso me pareció que alguien que se confundía en el andén la llamó Ivonne.

jueves, 27 de marzo de 2008

miércoles, 26 de marzo de 2008

La Srta. Werner

Con una minúscula cámara la Srta. Werner obtenía fotografías de distintos planos de mis pies. Mientras la observaba actuar me preguntaba si había hecho bien en cambiar de podólogo, pero ya era tarde, estaba en manos de una recomendada profesional, solos en su consulta a las 8.30 AM.
Preguntó primero por mis costumbres, mis enfermedades, los medicamentos que ingería o mis calzados. Y luego, siempre anotando, sobre mis tareas y mis vocaciones. Después, ya con sus herramientas en acción, hablamos de las insondables profundidades del alma, descubriendo cuan a flor de piel tengo la sensibilidad o la angustia que, dada su aspereza, no me permitía exteriorizar esa especie de pastor protestante que era mi anterior podólogo.
La ética profesional, la pintura, el cine y los libros nos acompañaron mientras me daba los mejores consejos para el mantenimiento de las extremidades y las masajeaba cálidamente con una vaselina humectante, fotografiándolas nuevamente una vez terminadas. Me recomendó un spray para una incipiente micosis en los dedos interesándose por su presencia en otros sitios del cuerpo, como bajo los brazos o la ingle, extendiendo hasta allí las fricciones con una pomada balsámica. Placenteramente relajado, la sentía avanzar sobre mí en la camilla casi horizontal, con los ojos cerrados le oí formular un comentario sobre no se que pronta excitación, mientras no cesaba en los masajes y oía su voz más grave y cercana. No tardó en sonar el despertador. A las 8:15 tenía cita con la nueva podóloga para arreglarme los pies.

Neuronas en el bosque