domingo, 20 de enero de 2008

Arena



Hay un instante, solo uno, en que el aire es respirable. Ni frío ni calido, ni como el hielo penetrante, ni como el fuego abrasador. Paradójicamente, ese instante único se repite por dos veces en el día, la primera al amanecer y la segunda cuando llega la noche, a la que reconocería sin verla pues es seguida del silencio absoluto.
Es el desierto, ese que antes de serlo fue otra cosa, un bosque, un lago, una cultura. Ahora es una extensión infinita de arena apenas menor que el universo que la contiene y tan imposible de contar como la de playas, mares y ríos, cuyo numero, las olas no dejan de acrecentar.
Lo demás, lo que no es arena, lo será a corto o largo plazo, un poco por la mano del hombre, el resto por el trabajo del viento que cruza hacia Europa.
Ese que arriba a mi terraza, hace golpear las puertas del balcón y llena mis pulmones del aire de la noche. Entonces me emborracho con él. Cuento las estrellas y levanto inventario de las casas antiguas en la vereda de enfrente, construidas sin plomada en dos o tres plantas, ocres y verticales, grises y endurecidas, con poco color y siempre muy viejas. La mayoría de ellas violó el proyecto original incorporando un pequeño local dando lugar a nimias explotaciones que no cotizan en Bolsa. Un bar, una panadería, una mercería, un estanco, regenteados por gente de rostro adusto a la que no le importa en absoluto satisfacer las necesidades de su clientela o vender algo o tan solo cobrar algún dinero. Están allí como parte de los inmuebles que los rodeaban, sin saber porqué, para qué, ni hasta cuando. Forjándose un bien ganado futuro de arena.
Porque será también arena el bar, el estanco, la cancha de pelota, la Barcelona modernista y nosotros, también nosotros. Y así como arena, esperaremos la casualidad de un nuevo rayo vital que funda esa materia yerma y comience de nuevo el ciclo de los lagos, el bosque, el estanco. Posiblemente entonces no resultemos igual, tal vez formemos parte de otro, de nuestro enemigo, de nuestro amor.
Entonces una vibración ronca invadió la noche, me aferré al balcón y me dispuse a ser privilegiado testigo del final de un ciclo. Por un instante la brisa se detuvo. La vibración también. Esperé que después de ese silencio todo comenzara a derrumbarse. En la calle, la barredora municipal reanudó su marcha, los auxiliares fosforescentes bromeaban y reían, pobres, sin saber.






































1 comentario:

Anónimo dijo...

Dichoso del que sabía de ese momento y de su después, para poder degustar así su presente; y dichoso de aquel ignorante que desconociendo el inmedianto derrumbe, silbaba ajeno a la desgracia.
¡Cuánta dicha pues! ;)