viernes, 18 de enero de 2008

Atardecer




Homero nació en La Pampa, la verdad es que del pueblo nunca me acuerdo el nombre. Empezó diciendo el viejo mientras ponía agua para el mate a calentar y buscaba, como tanteando con la vista, el lugar donde había dejado un tarro con yerba. Por lo que supe después, siguió diciendo, tuvo una infancia feliz. Eran varios hermanos y todo el campo para retozar. Lo conocí a los 16 ó 17 años, ya era un muchachón, alto, de manos grandes. Vino la familia entera a mi pueblo, porque al padre lo habían trasladado en la Aseguradora Pampeana SA, donde entonces era contador. Vivían a la vuelta de casa, en el caserón que les alquilaban mis tíos, que a los fondos haciendo una ele, daba con el nuestro. Digamos que el gallinero de ellos, llegaba hasta nuestro huerto. -¿Dulce? Me preguntó interrumpiéndose y continuando sin esperar respuesta con su relato. - Tenía una vida normal: iba al colegio, jugaba al fútbol, salía a caballo o en la bici, le gustaban las chicas y a ellas, él. Ya era amigo mío cuando tuvo su primer novia, si no me equivoco Yolanda se llamaba, y creo que yo fui el único que lo supo, pues la relación terminó enseguida, con el nuevo traslado de su padre, gerente, pero a 300 kilómetros de allí.
Mientras hablaba, el viejo, iba llevando los elementos pertinentes para la infusión a una mesa rectangular, vestida con un hule verde claro cuadriculado, iluminada horizontalmente por filtraciones de los últimos alternos rayos de sol que, por la puerta entraban paralelos al piso de cemento y se estrellaban en la pared contra un Molina Campos de 1944. Una lámpara que no encendió, pendía un metro mas arriba. En el resto de la cocina reinaba una cálida penumbra, favorecida por las largas sombras del atardecer, así que recién descubrí las sillas cuando nos arrimamos a la mesa. Nos sentamos, cebó varios mates en silencio, le agregó una pizca de azúcar al último y me lo ofreció diciendo: -Mas tarde supe que había solicitado su ingreso en la Aseguradora, donde lo tomaron sin problema alguno, considerando el buen desempeño del padre durante muchos años de honradez y sacrificio; porque eso de trabajar prácticamente sin horarios, siendo trasladado constantemente por los pueblos de provincia, es un trabajo duro, donde hay que entregarse a la empresa.
Así fue recorriendo pueblos y ascendiendo, dijo, alejándose de a poco de su medio, ya separado de su familia de origen y siempre cerca de la Aseguradora que le procuraba la vivienda en los distintos pueblos. Hasta que llegó a la capital, donde creo aun vive a cien metros de la Casa Central, ya eliminados horarios y festivos. En ese lugar se casó con una compañera que le suministró la empresa, se divorció a los años y se volvió a casar con una segunda del mismo proveedor. Esa vida de total integración entre la familia y el ambiente del trabajo, fue haciendo que toda su actividad se tiñera con el color de este, obligándolo a postergar sus proyectos personales y concretando únicamente los que eran compatibles con su labor. De la Aseguradora, además de sus esposas, había sacado un puñado de amigos con los que no podía evitar mantener una temática permanente.
Dicho esto, se paró y se dirigió a calentar un poco el agua, agregando algo de yerba en el mate, que recuperó su espuma y sustancioso sabor. Luego desde el claroscuro y como disfrutando de la abstención de recurrir a la luz eléctrica continuó: Evidentemente ha ido aplazando muchas cosas que quería hacer para el momento de su jubilación, tal vez demasiadas. Por lo que sé, no tenía tiempo y lugar para caballos o gallinas, ni un perro con el que revolcarse o una tarde para ir de pesca a la laguna. No encontraba espacio para hacer un asadito con unas pocas ramas debajo de un aromo, jugar distraídamente en un bañado o recrear el placer de aburrirse, actividades estas no vedadas a los adultos.
La última vez que lo vi –dijo como haciendo un esfuerzo final-, fue hace dos años en una estación de servicio de la ruta; iba para el sur con unos compañeros de trabajo a inaugurar una sucursal. Por supuesto no pudimos hablar mucho. Había muerto su padre y se estaba por jubilar, me dijo que ni bien tuviera tiempo me vendría a visitar. Pero el tiempo pasa y el olvido puede con todo. Terminó con nostalgia, como dando por concluida también la sesión de mate, mientras caminaba hacia la puerta, donde la puesta del sol permitía disfrutar de un cielo que tornó del celeste al naranja y luego al rojizo perturbado apenas por la lejana polvareda de un auto que parecía acercarse por el camino vecinal. El viejo con su figura recortada bajo el marco, sin dejar de mirar el espectáculo que brindaba la naturaleza me dijo: Por eso me extraña que usted haya recibido carta diciéndole que la vería aquí, me cuesta creer ¿Cómo me dijo que se llamaba?
– Aún no le dije. Yolanda.

1 comentario:

Edanmir dijo...

Lo peor es que por cada cosa que hacemos, dejamos un montón por hacer y claro saber cual es el momento mejor para hacer o deshacer. Salu2