viernes, 11 de enero de 2008

CRUCE

Hundiéndose en el barro llegó hasta los primeros juncos que bordeaban el espejo de agua. Cuando se empantanaba en esa playa de arcilla y verdín, vio un pequeño muelle. Los restos de un muelle de maderos negros.
Subió con dificultad y embarrado hasta las rodillas caminó cuidadosamente por las tablas sueltas. Al final, unos diez metros más adelante, en el último poste estaba amarrado el cabo del bote azul.
Con firmeza tiró de la soga embebida y musgosa hasta que el pequeño navío desencalló y se movió hacía él dócilmente, como resignado. Miró en su interior y no lo sorprendieron algunas latas, un fondo de agua podrida y un par de remos desiguales. Al parecer no estaba el ancla, pero no debía esperar más, desató la cuerda y se descolgó por los últimos palos que hacían de escalones, hasta encontrarse a bordo. Para impulsarse, clavó los remos en el fondo fangoso y comenzó a flotar libremente saliendo de los juncales altos.
Caía la tarde, pero al fin comenzaba a cruzar la laguna.
-¿Ahí termina todo? preguntó Lucía.
- Si –aseguró alguien desde atrás-, ¿hasta donde va a seguir?
-Yo creo que hay que ampliar, dijo otra asistente, contar algo más de como llegó, de su búsqueda.
-¿Qué búsqueda? Insistió el de atrás.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Bien, estoy de acuerdo, mejor no seguir; cada uno es libre así, de imaginar (siempre y cuando tenga esa capacidad).