martes, 15 de enero de 2008

El banco del fondo






Durante las noches de verano el insomnio conduce la búsqueda por los rincones polvorientos de la memoria, músculo que a veces me sorprende con respuestas rapiñadas al olvido, a la niebla gris.
Cansado de dar vueltas en la cama, revisaba sin sorpresas los nombres del rubro: Secundaria/Amistades/Otros, cuando se presentó la imagen de una compañera que no se ajustaba al género tratado. Un recuerdo mal archivado pertenecía a la primaria. Sería…tercer grado, o sea que rondaría mis nueve años de edad.
Como los escolares de entonces llevaba sobre la vestimenta un delantal o guardapolvo blanco, inmaculado los lunes. Debajo, todavía usaba pantalones cortos sostenidos por un par de tiradores elásticos que recién serían largos tres años después.
Ese gran tímido que siempre fui se refugiaba en el último asiento, un banco en realidad, que recorría la pared posterior del salón y que por su lejanía, y el efecto pantalla que le provocaba un pupitre doble por delante, me otorgaba el benéfico valor agregado del ocultamiento. Salvo que la maestra se adentrase hasta el final del pasillo, el banco del fondo era el centro de actividades no permitidas.
Como sucedía en todas las aulas, ese sitio era una especie de embajada, de lugar de paso; siempre había por allí uno o dos espacios libres que se iban cubriendo con los recién llegados o los más desinformados que aprovechaban para hacer preguntas con voz susurrante sobre el resultado de algún problema o reglas de ortografía.
Generalmente, tenía el lugar de mi izquierda vacío pero los restantes estaban ocupados por compañeros corpulentos que parecían expulsados de la legión extranjera, motivo suficiente para que la maestra no intentase incursionar con frecuencia por esos parajes.
Bastante tenía ya la pobre, con la tarea de instruir a cuarenta alumnos de los cuales quince eran mujeres que siempre habitaban los bancos cercanos al frente. La que hoy evoco en cambio se sentaba en mi misma fila, dos pupitres mas adelante. Es decir que nos separaban un par de repetidores que también contribuían como un muro humano a mi aislamiento.
En algún momento, después de un recreo, una vez que enfermó un repetidor, no sé cuando ni como, ella giró su cabeza y me preguntó sobre algún ejercicio, sobre algún resultado, a lo que debo haber dado una respuesta convincente pues rápidamente tomó el hábito de girarse y preguntarme ante la menor duda. A veces solo con la mirada, levantando las cejas cuando aún la pregunta flotaba en el aire.
Curado de sus males el repetidor, para evitar cualquier entorpecimiento en su acceso directo a la información y sin pedirme opinión, tomó sus útiles y se mudó a mi pupitre. Actitud que advirtieron todos y censuró la maestra, por tratarse de una niña en medio de una banda de mal entretenidos y ex presidiarios. Pero al contrario de lo esperado, resultó una especie de bálsamo para el sector.
Al tenerla cerca pude apreciar que era muy delgada, en realidad la beneficiaba su delantal con tablas anchas almidonadas, sin él parecería una escoba Tenía el cabello castaño, lacio, con raya al medio; casi hasta los hombros donde terminaba recto. Ojos negros, tal cual bolitas, pequeños y vivaces. A su rostro y manos huesudas, blancos como el uniforme, los salpicaban algunas pecas. Pero lo que más llamaba mi atención era una línea de bello oscuro sobre el labio superior, atributo que por entonces creía exclusivo de la masculinidad.
Me sentí nervioso de tenerla a mi lado –más adelante sabría que me pasaría con todas las mujeres-, era una sensación de compañía cálida que luego integraría el sentido de la palabra sensualidad.
Cuando ya nadie nos miraba y contrariamente a lo que esperaba, no me habló de cuentas o gramática. Susurrándome al oído, como correspondía al último banco, dijo:
-¿Te puedo tocar?
Aterrado no se porqué respondí con otra pregunta:
-¿Dónde?
-Ahí. Dijo señalando con sus ojos la zona de mi cuerpo que tapaba el pupitre. Y viendo en mi rostro el pánico paralizante que me provocaba la propuesta o tal vez la presencia aun lejana de la maestra, redobló la apuesta:
-Yo te dejo que me toques. Ven dame la mano.
Y la tomó, llevándola bajo el pupitre, bajo el delantal. Entre sus piernas flacas.
El primer día la inmovilidad me impidió retribuirle, pero los siguientes vinieron acompañados de intercambios frecuentes que ella al parecer disfrutaba y que para mí eran una aventura de dudoso goce.
No duró mucho. Y sospecho que la maestra estaba al tanto de todo pese a que nunca se nos ocurrió un abrazo o un beso, por resultar muy expuesto o solo porque no existió el deseo. Esa carencia, mi temor, la ausencia de una rigidez que ella me reclamaba hoy no recuerdo con que palabras, mas la aparición de la maestra con otro repetidor, la volvieron a su banco original.
Ya no habría mudas caricias templadas bajo la falda o por la pierna del pantalón corto, tampoco preguntas de aritmética o ayudas en algún dictado. Al final de ese curso no la vi más pues repitió y se fue. Unos años después, adolescentes, nos cruzamos en la calle y nos saludamos con un gesto mínimo, casi inexistente.
Hoy, en medio de la niebla gris, buscando referencias de mi vida pasada, quisiera encontrarla, reconocerla; saber si duerme en las noches de calor o si conserva y evoca entre sus recuerdos, aquellos días en el banco del fondo.




3 comentarios:

Mandarina azul dijo...

Y si, por aquellos azares de la vida, se te pusiera ahora delante... ¿le preguntarías si conserva y evoca entre sus recuerdos aquellos días?

Me ha encantado (¡para variar!);)

Anónimo dijo...

¡Qué tierno y entrañable!
A mi también me ha encantado.
Un placer leerte.

Edanmir dijo...

Tuve una compañera de portal así, se llamaba (o se llama no se se mudo y no la he vuelto a ver)Margarita. Salu2