sábado, 12 de enero de 2008

el móvil













Cuando advertí que al propietario del bar donde todas las mañanas concurría a desayunar se le dio por jubilarse, me atrapó una especie de desesperación, una sensación de abandono. Esa inquietud me llevó a recorrer, varios establecimientos similares que pudiesen continuar cumpliendo con el trascendental cometido.
Luego de probar suerte en dos o tres terminé por seleccionar precariamente uno muy pequeño, escondido en una concavidad, detrás de la iglesia. Consta de una terraza para dos mesas en los días templados enfrentada a una puerta de acceso muy angosta que procura el dificultoso ingreso de los parroquianos hacia una mínima barra. Más allá, donde todo termina, las cuatro mesas del interior, como empotradas en un bajo nivel del piso. Detrás de la barra, pasando un arco también angosto, se huele la cocina más sumergida aún que el ingreso o el sector de las mesas.
En total el espacio para el público que suma unos diez o doce metros cuadrados se encuentra decorado por dos cuadros a los que duele mirar, para colmo no dispone de ventana alguna, motivo por el cual, cuando no estoy solo, el rebote de las palabras me hace participar pasivamente de las conversaciones de todos los presentes.
Acostumbrado desde siempre a desayunar en bares, mecánicamente busco el diario en la barra y me dirijo a una mesa a la espera de que Anna me lleve un bocadillo pequeño de jamón y un café largo, mientras lentamente el lugar se va llenando. En la terraza, salvo que fuese alguno de los tres días lluviosos del año, siempre se encuentra sentado un hombre mayor con una pequeña copa de brandy y un cigarrillo no se si encendido.
En ocasión de uno de esos tres días, ingresó tapando su copa y me pidió permiso para ubicarse en una silla de mi mesa a lo que accedí gustosamente. A partir de ese instante diariamente compartimos los desayunos, mas afuera que adentro, y nos fuimos enterando de historias nuestras y del lugar.
El tema insoslayable, inevitable de abordar, era lo escondido que se encontraba ese lugar con relación a la iglesia lindera, construcciones todas del siglo XV y siguientes, comentando mi compañero, que donde ahora estaba el bar había sido el sitio donde se refugiaban los primitivos constructores durante la edificación de la basílica, derivando posteriormente en una fonda en la cual, por aquel entonces, él se hospedó.
Adscrito firmemente a la idea de no dejarme sorprender por ninguna conducta humana, y más aun de quienes se encuentran en los bares por la mañana con una copa de brandy, traté de no demostrar sorpresa al oír la respuesta a mi pregunta sobre la fecha de su nacimiento, a la que pausadamente respondió diciendo que era hijo natural de un alférez del cabildo de Sevilla, donde había nacido, en el año de 1476.
No obstante mi temple, se produjo una pausa inevitable que aproveché para ingresar aire y al final de la cual, viéndome repuesto continuó diciendo: que en realidad a los dieciséis años, había desempeñado su primer trabajo remunerado integrando como grumete la tripulación de La Niña, volviendo con su cargamento de oro bajo el mando del ilustre Almirante, y que, una vez en tierra se dirigió a ésta zona para invertir su paga en alguna finca con buenos viñedos, lo que no llegó a concretar por haberse topado en el camino con un grupo de atracadores. Por ello, siguió diciendo, participó entonces de la construcción de la iglesia, habitando dependencias que hoy conforman el bar en que nos encontramos, dijo mientras señalaba con su mano sectores imprecisos de la cocina.
Mientras hablaba lo observaba meticulosamente, me daba la sensación de ser uno de esos viejos que ya no duermen profundamente y que saben que permanecerán despiertos todo el tiempo que les queda, que nunca volverán a dormir hasta su muerte.
Al otro día cuando retiré el diario de la barra, supuse que no lo vería, pero no, allí estaba y apenas demostré mi interés por continuar oyendo su relato, prosiguió desgranándolo, sepultándome bajo una enorme cantidad de hechos, nombres y fechas que no me animo a transcribir. Simplemente diré que participó en los viajes que mudaron riquezas de América a España en el siglo XVI y XVII o en las distintas batallas que se sucedían a su paso, recordando ahora la de L’Arboç de 1808, porque a su finalización volvió a instalarse en esta fonda.
Su experiencia en viajes valorizó su currículum para ser contratado como dependiente de bodega del RMS Lusitania en 1915, sin que pudiera llegar a viajar para embarcarse, escapando también milagrosamente de ser fusilado en la batalla del Ebro y de perecer por la caída desde un andamio en la Sagrada Familia.
Así hablamos durante muchos días sobre sus actividades, que al cabo de un período de tiempo lo volvían a traer a éste lugar perdido de Catalunya, sin poder montar sus viñas ni, por lo oído, formar una familia. Hasta que llegó un día en que no vino, ni tampoco los siguientes, por lo que pregunté a Anna por el señor del brandy y como si hubiese una docena en el lugar, me pidió le precise: ¿Cuál, el que desayuna con usted y se encarga del aparcamiento de los autos por las noches?
- Si. Estimé dubitativo.
-Pues se fue a Sevilla, parece que tuvo un nieto. Me dejó un móvil para que lo llame si pasa algo importante.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Ah! Estos son los cuentos que me gustan... Siga usted así, señor Ruffus. Mdme Mo

Aprendiza de risas dijo...

A mí me iría bien un compañero así de cafés... lo que aprendería de historia. ¡Con lo bien que se me queda de forma oral en lugar de escrita!

Un lujo de compañia, ¡mamma mía!

Besos,

Anónimo dijo...

Me siento enormemente orgullosa de haber compartido "fondue" en ese purgatorio, y haber formado parte -en parte- de una lúcida y magnífica inspiración.
Las pirámides chocolateadas, suelen provocar efectos así mucho más allá del paladar, llegando la dulzura a lugares inhóspitos de la creatividad. También el frío instalado en los bolsillos, en esos rincones desde los cuales mejor que en ninguna parte se observa el ángulo del campanario, suelen asomar duendes con dotes de escribientes, que calan los huesos como la humedad.
Además del brillo del texto, de su agilidad y ritmo, me siento orgullosa de ser parte -en parte- de algunos de sus secretos (como un Extremarium reserva de Mont Marçal).
Mis saludos a Madame Mô.
Mis respetos para usted.

Mandarina azul dijo...

La grandeza de lo cotidiano para ti. La pequeñez de lo cotidiano para él, que ha vivido tanto...
:)