sábado, 26 de enero de 2008

El trámite (Conclusión)

Siempre que dejo mi automóvil en el aeropuerto, recuerdo las visitas anteriores, es como un ejercicio de memoria: cuando fui a Sevilla, cuando traje a Roberto, la búsqueda de Natalia, el viaje a Praga e innumerables idas y vueltas, mayormente destinadas a traer y llevar amigos que para realizar algún vuelo. Si bien todos los acompañamientos eran más o menos iguales, no podía olvidar el día en que traje a Montse.
Nuestro matrimonio duró ocho años. Nos habíamos conocido en la facultad y poco tiempo pasó para que alquilásemos un ático en la zona gótica de Barcelona donde fuimos a vivir los mejores días de nuestra vida, Pobres como las ratas pero derrochando juventud avanzábamos en nuestras carreras y hacíamos planes para el futuro que imaginábamos lejos de aquí. Ella estudiaba periodismo y yo arquitectura y nos casamos al poco tiempo, antes de titularnos, para seguir soñando en ese pequeño ático que desde su minúscula terracita soleada nos permitía disfrutar de una extensa vista de la ciudad vieja. Después vino el desgaste, la falta de hijos, la discusión continua y el llanto abundante. Más tarde, ya divorciados, llegó ese día en que la despedí aquí, sin imaginar que cuando saliese del aeropuerto me encontraría con una joven marroquí que en perfecto castellano me preguntaría, cómo se llegaba hasta el centro sin el servicio de trenes y con huelga de taxis.
Me resultó agradable conversar con esa desconocida a la que conté –dado el momento que yo vivía- tal vez más cosas que las prudentes. Como la quiebra de nuestra fábrica de cerámicas y mi desastre matrimonial, hasta arribar al hotel donde se alojaría, cerca de la Diagonal. Venía a trabajar y se la notaba algo perdida pues era la primer vez que salía de Tánger, así que cuando bajó le dejé una tarjeta y me despedí, no sin antes ofrecerme para ayudarla en algún trámite o gestión para los que necesitara hablar catalán.
Generalmente cuando realizo este tipo de ofrecimientos acabo por arrepentirme, en esta ocasión no sería distinto. Habrían transcurrido cuatro meses cuando me llamó. Su voz denotaba urgencia, por eso quedamos para la tarde en el café Do Brasil.
Como siempre fui puntual, aunque ella, que ya estaba esperando había tomado su café y consumido varios cigarrillos. Cuando llegué a la mesa, bajó su mirada hasta entonces ansiosa para darme la mano y poniéndole letra a un suspiro me dijo:
-Sr. Rovira. Gracias por venir.
En ese instante me pareció que la envolvía un velo de preguntas sin respuesta que la hacía más intrigante. Pero duró poco, un evidente nerviosismo la atrapó y mientras el camarero nos atendía me soltó que era necesario que me casara con ella.
Joao, como se llama el dependiente que nos servía, apresuró su gestión y se alejó rápidamente dejándome solo con el problema y con el café, que dejaría enfriar sin consumir.
Casi sin darme tiempo a reaccionar, me explicó que le había vencido el visado y no podía volver a su país concluyendo que la única solución era un matrimonio de conveniencia con alguien que conociese y que estuviera habilitado para realizarlo. Continuó diciendo que estos meses habían sido una tortura para ella y que la única persona que podía ayudarla era yo, ofreciéndome firmar la documentación que dispusiese y pagarme lo que se estile en éstos casos.
No pude oír más. Al comprobar que hablaba en serio una especie de escalofrío me recorrió el cuerpo mientras esa joven de fina tez morena me seguía explicando el detalle de sus razones. Le pedí perdón y me dirigí al lavabo del subsuelo. En el mingitorio las cosas parecieron ordenarse, le diría que no, por ningún dinero, por ningún documento y listo. Que ella no conociese a ningún otro no me obligaba a mí.
Más tranquilo subí a la planta baja y solo encontré la mesa vacía, según Joao dos personas hablando árabe entraron al local y tras un intercambio de palabras, como resignada y sin violencia, se retiró con ellas.
Volví a mi estudio pero no podía dejar de pensar, por lo que a la noche resolví pasar por el hotel donde la había dejado cuatro meses atrás. Allí me informaron que la señorita Aisha se había hospedado tres días retirándose sin dejar ningún domicilio. Me había quedado sin pistas.
A medida que pasaban los días me fui sintiendo más culpable de algo, no sé bien de qué, pero las dos semanas que transcurrieron hasta que apareció en mi estudio, fueron eternas. Por eso cuando entró la abracé como si hubiese recuperado algo familiar.
No voy a describir ahora los intrincados motivos por los cuales le seguía resultando imprescindible el camino matrimonial a la residencia, ni que pasó en esas dos semanas que estuvo ausente, porque en realidad tampoco yo los tuve claros, pero mantenía su petición como si no hubiese otra salida legal a la situación. Por mi parte ya no me asustaba tanto la idea a cambio de que supiese de su vida, que estuviese cerca, por ejemplo ayudándome tres o cuatro horas por semana haciendo trámites en el colegio de arquitectos y el Ayuntamiento. De todas formas yo no arriesgaba mi inexistente patrimonio y dejaba desde ya comprometido el divorcio para una vez regularizada su estancia en el país.
Así, dando una vez más prueba evidente de mi irresponsabilidad, realizamos el trámite de cuya celebración nadie se enteró, debiendo tan solo pagar el desayuno a una pareja de bohemios para que hiciesen de testigos. Transcurrieron luego seis meses en los cuales Aisha me demostró que era una persona muy centrada y responsable, colaborando a poner orden en mi estudio, hasta entonces un lugar caótico en el que se perdían bocetos, planos y documentos varios. Incluso inició un curso y me ayudaba a dibujar. Su presencia había mejorado a tal punto mi situación profesional, que comenzó a venir a trabajar todas las mañanas invadiendo el ático con una agradable fragancia a especias que supuse proveniente de algún rincón del desierto, a cambio solamente de un sueldo que le pagaba gustosamente.
Entonces tuve más tiempo para hacer cosas fuera de mi casa o dedicarme a la fotografía y podía disponer más de las mañanas, como la que complaciendo un pedido de mi madre, fui a buscar a los Fontdevila.



Como suponía, me costó reconocerlos, es más, yo aún esperaba la salida de pasajeros cuando sentí que me tocaban el hombro preguntándome:
-¿Arquitecto Rovira, trajo la bicicleta?
Era Verónica que adelantándose a sus padres, con una gran sonrisa sin alambres, me sorprendió doblemente, pues además estaba mucho mas hermosa que cuando la hube dejado.
Cabe hacer presente que incumpliendo las promesas formuladas, durante estos veinticinco años no había remitido una sola carta, haciéndome saber ella de los cambios en su vida primero por misivas y luego por los comentarios de nuestras madres que en su comunicación anual por las navidades, se ponían medianamente al tanto del estado de las respectivas familias. No obstante, salvo conocer que era traductora, todo me parecía novedoso, en cambio pese a mi conducta, ella parecía saber bastante más de mí.
Continuamos entonces la relación donde la habíamos dejado, solo que los paseos no eran ya por la costanera de Buenos Aires, sino por Sitges o Montjuic, dedicándonos todo el tiempo posible, como si quisiésemos recuperar todo aquel que habíamos perdido, hablando de las cosas que nos habían sucedido o explorándonos minuciosamente, entregándonos por fin, miles de caricias atrasadas y millones de besos imaginados desde el otro lado del mar.
Una de esas tardes visitando un café árabe, nos encontramos con Aisha y un paisano suyo que presurosa me presentó, haciendo yo lo mismo con Verónica. Como siempre, la rodeaba su misteriosa y dulce aura que inútilmente me esforzaba en desentrañar, cuando su voz me llamó a la realidad al pedirme que nos viésemos en el estudio una mañana de estas, pues con mis abundantes paseos, había abandonado algo el trabajo.
Ese lunes cuando llegó, me pareció que caminaba sin tocar el piso. Llevaba un hiyab que le cubría en parte el rostro destacando el profundo color miel de su mirada. Ceremoniosamente preparó un aromático té para ambos, repasamos los asuntos mas urgentes que merecían mi atención y por fin ya distendidos me dijo que estaba en condiciones de concretar el divorcio pues había regularizado su situación. Incluso, me dijo, no debía sentirme obligado a mantenerla como empleada si no lo deseaba libremente.
Como de costumbre me tomaba por sorpresa, casi me había olvidado de que estaba casado con ella y ni remotamente pensaba en que se alejase del estudio, por eso respondí con una evasiva para resolver esos temas a la brevedad posible.
Pasé días de una gran incertidumbre, mi relación con Verónica se profundizaba con un horizonte previsible. Ya me veía integrado a la familia Fontdevila por medio de un matrimonio sin sobresaltos cuyas etapas podría vislumbrar desde su celebración hasta el nacimiento de los nietos.
Otra parte de mí estaba sumida en un interrogante permanente, en un embeleso mágico que no podía descifrar. No sabía que pensaba Aisha, pero imaginaba que vendrían tiempos en los que se alejaría, sumergiéndose profundamente en esa vida insondable que se reservaba y que yo no podía penetrar.
Por eso, el día que empezó a venir también por las tardes, tras tomar el té, cumplió con la rutina de preguntar por nuestro trámite pendiente. Apenas abriendo la boca y sin mirarla le respondí: -No sé. Ya veremos. Mejor esperemos un poco más.






3 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Ayyyy, qué respuesta más masculina! Ese "ya veremos" aunque encierra mucho, no acaba de ser concluyente. Siempre esperar un poco más a... quién sabe...
El tiempo corre en nuestra contra, y todo lo que se deje para mañana conlleva un riesgo peligroso.
C'est la vie.
Bon jour!

Anónimo dijo...

Cobardía, de la pura.

Anónimo dijo...

Va a ser eso. Al menos hay huevos para reconocerlo. :)