jueves, 24 de enero de 2008

El trámite (primer parte)

Cuando nos fuimos de Barcelona conocí a mucha gente, pero una de las familias de las que ya nunca me podría olvidar fue la de los Fontdevila.
En este punto tal vez me deba detener a detallar porqué los recuerdo, pero será más adelante. Aunque, en realidad, solo conocí bien a la menor, la más delgada, a los demás solo me los encontré esporádicamente en la cubierta del barco o cuando bajamos todos en Río y después, por alojarnos temporalmente en la misma pensión en Buenos Aires. Pero a Verónica la seguí viendo semanalmente pues ella iba a su curso de inglés en la misma academia donde yo sufría la dactilografía, en el barrio de Palermo. Los jueves después del colegio tomaba un tranvía impulsado por encontrarme con ella y no tanto por mi curso, ya que tenía una notoria dificultad con las teclas.
En esa época ella tenía diez años y un alambre en los dientes, yo dos más pero parecía que ambos disfrutábamos con la compañía mutua. Evidentemente nos distraíamos de la realidad hogareña de cada uno, la problemática de nuestros padres siempre vinculada al trabajo, al pago del alquiler o al esfuerzo en general.
No es en realidad mi intención ahora contar la historia de los Fontdevila, solo acotaré que con Vero, ese verano en que terminamos el curso, acordamos seguir viéndonos en una placita de la que ignoré siempre el nombre y que quedaba a mitad de camino de donde ambos vivíamos. Siempre los jueves al atardecer.
Ella bajaba del autobús y yo la esperaba en un banco con la bici que Andrés me dejó cuando retornó a Terrassa. Enseguida me propuso acomodarse de costado sobre el caño y así nos largamos a conocer las calles adoquinadas de la ciudad, cubiertas por la generosa sombra de árboles centenarios. Otro jueves fue el río, otro la Boca, hasta que decidimos ampliar los encuentros turísticos a los sábados. Esto sucedió solo en una ocasión pues mi padre recibió un telegrama de Andrés a consecuencia del cual, luego de conversarlo con mi madre, resolvieron que todos volviéramos de inmediato para hacernos cargo de una pequeña fábrica de cerámicas.
Verónica se bajó lentamente de la bici cuando le di un beso casi en los labios. Estaba tan triste como yo. Antes de entrar se dio la vuelta y le pedí me escribiese para saber de su vida prometiéndole reciprocidad. Esa fue la última vez que la vi.
Muchos años después resoplaba por las interminables retenciones en la entrada al Prat, iba a buscar a los Fontdevila. No creo que tenga tiempo de contar ahora algo de ellos. Ni siquiera sé si los reconoceré, veinticinco años son demasiados para cualquiera, aún para la menor.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Soy una privilegiada, ya sé la segunda parte. Incluso la tercera.
Pero no desvelo, no, no soy tan mala.
Besos.

Ruffus dijo...

No habrá tercera. Termina el sábado.-

Anónimo dijo...

La tercera, querido, es la que yo me invento, pues toda novela tiene una continuación en la imaginación del lector (ajena a la del autor)
Que lo sepas, majete.