lunes, 14 de enero de 2008

habaneras



Cuando dieron la vuelta a la esquina y bajaron la suave pendiente de la acera, supo que se dirigían a la plaza. Masculló unas palabras de desaprobación pero ella no lo escuchaba, solo se dejaba transportar por el aroma del ron cremat que flotaba en el aire y la guiaba a un destino inevitable.
En la plaza, quinientos un viejos prolijamente desplegados en sillas de madera, atendían a un cuarteto monocorde que se había apropiado del escenario de la asociación de fomento.
Pero la mayor expectación se concentraba en la zona donde se quemaba el ron. Un experto vaciaba damajuanas y encendía su contenido mientras aireaba el líquido previamente endulzado, con un cucharón. Después, lo de siempre: el carro de los churros, algún juego para niños y los vecinos asomados a sus balcones entre la ropa tendida, para tomar el fresco del atardecer repasando las letras de viejas canciones.
Ahora eran quinientos tres. Los del escenario seguían con su faena lenta y cadenciosa que él reconocía por haberla presenciado todas las semanas de todos los veranos, pero no protestó, trató de hacer algún ejercicio de memoria con los gerontes que delante suyo participaban del espectáculo, de a ratos cantando con los artistas o batiendo palmas o levantando los brazos como en una sesión de gimnasio.
Cuando pudo certificar que se traba de las mismas habaneras de siempre volvió a sugerir la retirada, pero ella no le atendió, estaba agitando un pañuelo blanco al tiempo que cantaba Salió de Jamaica con el resto de la clase pasiva.
En un misterioso instante en que los intérpretes parecían desfallecer y el ron arribó al delicado punto deseado por el experto, aquellos descendieron de la tarima y gran parte de los presentes se enfilaron para recibir su dosis de una bebida dulce y cálida.
El intervalo sirvió para que muchos se enterasen de los porqué de la ausencia de otros, seguramente impedidos por alguna limitación física, el casamiento de una hija o ese viaje tan esperado. La pausa y el brebaje parecieron relajar a todos que retomaron sus lugares en las sillas mas desordenadas que antes. Él volvió a sugerir la retirada pues podría recitar los temas que se venían. Ella sin atenderlo, miraba hacia el escenario y canturreaba Lola la Tabernera lo que motivó que se dedicara entonces a confeccionar estadísticas sobre los viejos que se desplazaban en sillas de ruedas como él y en un subrubro, los que disponían de modernos vehículos motorizados.
El aire revitalizador del anochecer cruzó la plaza y la concurrencia comenzó a plegar sus sillas y a retirarse. Ella eligió para volver una vereda perfumada por doble hilera de tilos que anunciaban el fin del domingo.
Esa noche picaron unas gambas con vino blanco y él tratando de encarrilar bien la semana, comentó: -Lindas las habaneras. Si el domingo está templado podríamos volver.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Es estupendo el final de este relato, te invita a discurrir y a tejer toda una telaraña alrededor de las relaciones humanas, y en particular las de pareja. Aun a regañadientes y mostrando queja por la situación, el hombre (como en otra ocasión podría darse a la inversa) consciente del sacrificio que conlleva el amor, está dispuesto a volver. Tal vez por temor a que su comportamiento forme parte de una de las gotas que colma el vaso.
Son paradojas que se dan a diario, que van implícitas en la convivencia, que conviene desgranar, estudiar y conversar.
Genial.

Edanmir dijo...

A mi me lleva a pensar en esas parejas eternamente "mal avenidas" incapaces de salir de las rutinas de sus discusiones y a la vez queriéndose de una forma secreta e incomprensible para todos incluidos ellos mismos

Mandarina azul dijo...

Pues yo, después de leer este texto, me pierdo en mil pensamientos que me sugiere y que, como no soy ni por asomo el gran Ruffus, me siento incapaz de expresar por escrito.

:)

Anónimo dijo...

" Ella eligió para volver una vereda perfumada por doble hilera de tilos que anunciaban el fin del domingo."

¡Qué preciosidad!