miércoles, 9 de enero de 2008

LISA




Cuando sonó el móvil recién se dio cuenta que ella estaba en el bar. Unas 20 cabezas mas allá, después de la barra, con su pelo claro y dos trenzas cortas. Era imposible acercarse, acaloradas discusiones cerveza en mano y todo tipo de conversaciones a los gritos, en un local de cuatro por cinco lleno de un humo muy denso que se desplomaba sobre un número indeterminado de parroquianos apiñados, motivo por el cual, algunos sin advertirlo quedaban afuera, en la vereda, desde donde tampoco cesaban de hablar señalando a los de adentro.
Enfurecidamente atacaban al gobierno y a la oposición y al gobierno anterior y la anterior oposición, incrementando su pasión y sus gestos cuando el tema era el fútbol ó las carreras, gesticulando sin soltar la cerveza o el cigarro que distribuyendo espuma o cenizas, según el caso, sobrevolaban las cabezas y ropas de los partícipes de la discusión o sus vecinos –seguramente integrantes de otra-, cuyo tema es los gabachos ó las tapas del País Vasco ó el porqué los Andaluces no trabajan.
Se estiró y trató de ver quién la acompañaba pero una caballa con berberechos cayó muy cerca de su pantalón y eso aumentó la agitación y el revuelo. Cuando llegaron las patatas bravas se produjo un reacomodarse de la concurrencia y quedó un poco más cerca, pero el acaloramiento con el que tres catalanes discutían sobre el impuesto a la renta, hacía impensable avanzar. Así aunque pudiese, todavía quedaban los turistas alemanes y más allá los payeses convencidos de que el precio de la uva era menor o mayor que el año anterior. Un tardío concurrente que forzó su ingreso gritó como si estuviese en lo mas alto del Pirineo ¡Bon día, tothom! A lo que fue respondido con toda clase de improperios, más gritos y risas. En ése momento Lisa se dio vuelta. Fue allí cuando lo vio.
Más de una semana después la volvió a encontrar en la Línea 3 del Metro, había subido en Sants y estaba a dos pasos apretujándose con estudiantes, gimnastas y comerciales que con maletines iban a vender lo suyo. Convivían allí, con ese poco aire, mujeres con la falda muy corta y tacos muy altos, paletas ajados y rubios de Europa oriental y morenos del Altiplano. Gente que pese a todo dormitaba y que sabía cuando despertar; manoseadores, carteristas….
En cada estación cuando el tren se detenía, un río de personas parecía que la arrastraba hacia fuera y luego como un oleaje marino la volvía a introducir; en uno de esos reingresos lo vio y le sonrió resignadamente como diciendo ¡Es lo que hay!. Se esforzó por acercarse, pero un ramillete de africanos no dio su consentimiento y ella se encontraba ahora custodiada por dos hermanas que a esa altura habían abandonado la mayoría de los votos que habían jurado solemnemente. Por otra parte las sacudidas que daban los vagones no permitían soltarse en ningún momento de los pasamanos o personas que hiciesen las veces, impidiendo también que se pudiesen apreciar las virtudes musicales de un dúo de guitarra y maracas que huyó apenas se abrió la puerta. Cuando arrancaron desde la estación Liceu, a través de las ventanillas la pudo ver caminando rápido por el andén, tenía piernas largas y un culo respetable, hasta le pareció que lo saludó con la mano.
Abandonó del todo la bicicleta y se hizo adicto a la Línea 3, el esfuerzo tuvo su fruto al mes, cuando se la volvió a encontrar y bajó con ella en Liceu. Hablaron en la escalera mecánica, entre estudiantes y mochilas, a dos escalones de distancia y ya en las Ramblas, siempre con turistas ingleses y japoneses por testigos, acordaron – medio a los gritos, medio por señas-, encontrarse en ese sitio días después. Llegado el día dejó que pasase el tercer contingente de italianos y antes que un grupo de americanos, la descubrió parada en la puerta de La Boquería con su bolso de compras. Luego de luchar ingresaron al mercado entre los flashes de cientos de turistas que no parecían hambrientos pero que fotografiaban todos los alimentos que estaban a la vista. Como transportados sin tocar el piso, pasaron por los primeros puestos sin poder detenerse a mirar y menos comprar. Tampoco, resulta ocioso decirlo, había posibilidad de dialogar, pues además de los extranjeros, una multitud de señoras que viven en los mercados, metían codos, carteras, bastones y carritos -sin perjuicio de su propia humanidad-, entre las personas impidiendo todo acercamiento. Así fueron, uno detrás del otro, objeto de la fría mirada de miles de pescados y luego deslumbrados por el ordenado color de la fruta o los prolijos cortes de la carne que contrastaba con el desorden de quienes por allí circulaban. Posiblemente no era el lugar adecuado para hablar de sus sentimientos con Lisa, pero cuando la turba la distanciaba le parecía una mujer hermosa y frágil, de una belleza inalcanzable que despertaba en él los mejores y más puros sentimientos y la capacidad de exteriorizarlos a borbotones, cosa que no sucedía cuando se aproximaban o quedaban juntos sin esfuerzo, o solos; esos escasos instantes en los cuales él tornaba inexpresivo y falto de ideas.
También ella parecía gozar de la relación en mayor medida cuando se encontraban sofocados por el gentío y su espléndida sonrisa decaía cuando estaban el uno con el otro.
Comprendido esto, aunque no hablado entre ellos, siguieron viéndose diariamente en Estación Sants o Plaza Catalunya donde la multitud los atropellaba. También fueron felices entre las colas de la Sagrada Familia y los atardeceres de verano en el tumultuoso Paseo del Angel, hasta que llegó ese Barça/Madrid cuando a la salida él, arrastrado por la gente, le propuso matrimonio.






5 comentarios:

Anónimo dijo...

No sé cuántas veces habré leído este relato antes de verlo expuesto en el escaparate de los zapatos rojos, pero me sigue emocionando como el primer día.
Y como he pagado yo los cafés y el croissant, ya tienes bastante por hoy. No más piropos.
Besos.

Mandarina azul dijo...

Ya que yo no he pagado todavía el café, me permito añadir otro piropo. Este relato es de una perturbación de lo más dulce... Uf...
Estoy que... ¿cómo estoy? No sé. Pues eso, así. Así me he quedado.
Ay, Puntito, cuánto voy a disfrutar con tus textos... ;)

Aprendiza de risas dijo...

He llegado a sentir el sudor de las gentes, la agitación de las masas, ese olor tan particular que tiene el metro (sobre todo para provincianas como yo), me han agobiado las gentes y, en cambio ellos, tan agustito.
Todo tan arrebujado y ellos tan felices.
¡Qué emocionantes son las proposiciones de este calibre!
Besos,

Anónimo dijo...

Y ante las dudas de algunos/as, juro y mega juro, que Ruffus no soy yo y existe. Y para más datos alguna que otra vez he hablado de él en mis post.
Besos.

Abel Granda dijo...

Y tuvieron mogollón de hijos, adoptaron y apadrinaron para seguir siendo felices por siempre.
Yo que Ud. Ruffus dejaría el baile, y me dedicaría a deleitar a la gente desde un periódico de buena tirada, haciendo bailar a los personajes, con un ojo muy observador y ese don para ecribir. Enhorabuena