martes, 8 de enero de 2008

Querandí

Bordearía el río por un brazo que llegaba al mar, dejando juncos y pajonales para trepar a zancadas por las dunas. Se hundiría al subir los médanos calientes. Al llegar arriba, el indio vería a sus pies la playa extensa y el mar azul. Sus ojos se llenarían de luz y volvería la vista atrás buscando a lo lejos en el verdor pampeano. Divisó un hilo de humo en su toldo, adivinaría a su mujer… ¡Qué hermosa tierra! Expulsados los huincas hacia el Norte, había recuperado la placentera rutina de cazar, pescar y correr ñandúes. Disfrutaba del ganado cimarrón y la enriquecedora compañía de los caballos. Volvería a mirar al océano y se arrodillaría en la arena seca, para luego dejarse caer sobre la tibieza blanca, abrazando la playa. Agradecería a Soychú haber nacido Querandí y en esa paz se durmió.
Soñó que tambores extraños lo despertaban, pronto salió del error: era una anciana que golpeaba con su paraguas la puerta de vidrio del cajero. Se ajustó la corbata, buscó el móvil y llamó al banco, llegaría mas tarde. Se detuvo por una hamburguesa y un café a los que reconoció por las imágenes de los envases y no por su sabor. Caminó hacia el trabajo, como sucedía últimamente estaba retenida la circulación de los vehículos empecinados en entrar a la ciudad. Atravesó la avenida esquivando los autos sin evitar la densa combustión, mientras no dejaba de pensar en la hipoteca de esa vivienda con vista a ninguna parte que compartió con su última pareja, hasta que pasó el camión de Repsol.
Los blancos habían vuelto, buscaban ahora la energía de la tierra. Los nativos, aun los más guerreros, parecían no preocuparles salvo para integrar la nación de los consumidores, por eso le extrañó que no frenase, ni siquiera a lamentar la inminente falta de pago de las cuotas.
Después, solo el intenso y agradable sabor del asfalto. Soychú ya no estaba, entonces definitivamente, se durmió.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Me aterroriza pensar que sólo podemos bordear el río para llegar al mar tras morder el asfalto y dormir definitivamente. Aunque estoy segura de que las moralinas te hacen vomitar tanto como a mí -y a quien lo dijo- intuyo que es un aviso, y que para gozar del ganado cimarrón tal vez sólo cuente el deseo verdadero.
Bienvenido.
Mañana, café. ;)

Aprendiza de risas dijo...

No acostumbro a ver hombres con zapatos rojos, y eso me atrapó del enlace que le une al blog de India.
Un placer entrar en su espacio y comprobar el exquisito gusto que comparten.
Saludos,

Mandarina azul dijo...

Nunca un aviso fue tan nítido y tan bellamente lanzado... :)

Abel Granda dijo...

Con el aire que respiró Cortázar me parece soñado esta maravilla de post. Bravo Ruffus, a sus piés rendido.