jueves, 31 de enero de 2008

(virus)





MIL RECETAS DE GAZPACHO.[1]



Último artículo sobre el tema, aunque debo evitar que el virus siga reproduciéndose. Sé poco de él, es mejor que me detenga ya, aunque, pensándolo bien, será de utilidad que relate lo que conozco pues podría servir para alertar a otras personas.
La nociva costumbre de pasar las noches sentado frente a un papel, un libro o un ordenador me ha permitido comprobar que existe un ponzoñoso microorganismo que desarrolla su vida entre la hoja y la capa de tinta que conforma el tipo, es decir, debajo de cada trazo de letra, donde fértilmente se reproduce.
Ignoro hasta hoy si las larvas son contagiadas por el lector o son transmitidas -o viajan- en la tinta, en el papel, por el aire o con la intervención de una pluma, el boli, la máquina de escribir o el cursor.
Por supuesto que a simple vista se ignora si un texto está afectado o no, dado el imperceptible tamaño de los virus. Para saberlo, alguien que conozca la intención del autor, debe concluir íntegramente la lectura pues el principal efecto sobre la escritura es hacerle perder el sentido original con el que fue redactada.
Tendría más avanzados estos estudios, si supiese con certeza donde me atacó o de donde provino el contagio. Pero tengo para mí que no hay más de dos o tres posibilidades: La primera en la lista de las apuestas es la biblioteca de Josep, lúgubre residencia a la que concurrí el invierno pasado, para retirar los libros que me interesasen previo a la demolición del inmueble. El caserón tenía en la planta alta tres habitaciones atestadas de volúmenes cubiertos de polvo, telas de araña y polillas. Luego de dedicar la tarde a revisar qué me podría llevar, opté por varias obras de historia, entonces recordé que Josep, me había comentado que cuando retiraba algún libro antiguo de la Biblioteca Municipal, lo ponía en una caja y encendía en su interior una pastilla de desinfectante, posiblemente por eso me quedó la idea de que el virus vino de allí.
Otro lugar posible es, justamente, la biblioteca del pueblo, allí se dan las máximas condiciones de higiene, pero de transmitirse el virus por el mero acto de leer, al ser un sitio en el que pasan por los textos tantas miradas distintas, parece una hipótesis muy verosímil. No en vano resulta el lugar donde en mayor número conviven textos con el sentido cambiado, según mis documentadas comprobaciones.
La última posibilidad, casualmente, apareció publicada esta semana en el periódico local: recientes investigaciones conjuntas de las Facultades de Medicina, Psicología y Sociología sobre colonias de virus de granja, permitirían asegurar que en el 50 % de los textos redactados con tinta negra en libros que hayan sido prestados, de ser devueltos, retornan con larvas próximas a eclosionar. Esta última teoría, que poco aporta a mis investigaciones, cualquiera la puede comprobar con una lupa ordinaria.
Dando un paso más y sea donde fuere que se originen, he podido constatar la existencia de virus de tres intensidades: El más leve (vulgarisconfussiva), el intermedio (tenia transtextualis) y el superior (o manducantis) que en un instante termina con palabras y textos de hasta cinco líneas.
De los tres el más peligroso es el intermedio, pues quien lee un párrafo cualquiera siempre tiene un porcentaje de confusión, es decir se queda sin comprender algo y en el caso de la tercera, si desaparece lo redactado no hay problema de confusión. El peligro es, reitero, el que cambia el sentido a lo escrito.
Observando detenidamente dicho microorganismo, he comprobado que afecta tanto a libros clásicos como recién redactados, quedando por ejemplo, alguien que ha leído la Divina Comedia con la sensación de haber hojeado una historieta, manteniéndose el texto aparente tal como El Dante lo hubo dispuesto.
Anoche cuando dirigía una misiva de salutación por el número aniversario del semanario “Gambas y Moluscos” y siendo la 1.30 hs de la madrugada, me dispuse a preparar un te de menta-poleo, tarea que normalmente me insume 5 minutos, cuando al retornar, en una pronta relectura, interpreté totalmente distinto el sentido de lo que hacía un instante había tipeado.
Desesperado, recurrí al ordenador, pero también lo habían contagiado, devorándose incluso el Norton que no he vuelto a encontrar. Por esa razón comencé a tratar de confundir al virus cambiando los titulares de las notas o insertando los conceptos importantes en dos líneas perdidas en medio de una página, para tratar de protegerlos. Pero es una lucha desigual.
Hoy, abatido salí a la calle a consultar a los lectores del diario sobre alguna noticia en particular y descubrí que las opiniones variaban con cada intérprete. Es decir, nadie veía lo mismo en un párrafo, ni el concepto que emitían se ajustaba siquiera aproximadamente a lo literal.
Seguí caminando distraídamente en la calidez del atardecer, entre la gente, por las ramblas y pensé que posiblemente cada uno interpreta y saca las conclusiones que quiere o mejor, que puede, de lo que tiene delante. Digamos, que cada uno es en realidad, su propio virus.
[1] N del E; Por las razones de protección expuestas por el autor del presente artículo, el título consignado no se corresponde con el tema tratado.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Este relato no es digno de un blog, debería estar editad en una recopilación de los mejores cuentos cortos del siglo XXI. Aunque ya lo leí en su momento, es muy posible que esta tampoco sea la última vez, aunque puede que en la próxima lo que interprete nada tenga que ver con la lectura de ahora. Quién sabe si hasta el título se vea modificado, o me parezca ver en él connotaciones que hasta el momento no he percibido. Es absolutamente genial, y su frase final encierra mucha verdad. Una realidad probablemente aplicable a todos los aspectos de nuestra existencia.

Mandarina azul dijo...

Escribiendo así, aunque no lo pretendas, resultas...¡apabullante!
Madre mía... si es que de verdad me entran ganas de esconderme después de lo leído...

:)

Anónimo dijo...

En realidad del siglo XXI ha corrido bien poco como para hacer un balance. No obstante me alegra que la idea alcance a ser recibida. Gracias por permanecer allí.

Anónimo dijo...

El señorito tiene siempre que encontrar un pero y una queja para todo. Igual es ese matiz el que nos une. O tantos otros. Quién sabe.
Buenos días. Los mercenarios vendidos te saludan.

mangeles dijo...

Me gustan sus zapatos rojos...