Se enamoró en la sala, no podría haber sido en otro sitio, sobre ese piso de madera y piedra en el que también leía o se revolcaba con el perro, donde estaban los sillones en los que cabeceaba luego de alguna copa de brandy o desde los que acomodaba las astillas pequeñas en la leñera mientras un tango tras otro se repetían en todo el ambiente. Ese sitio le daba seguridad, confianza, se sentía cómodo, disfrutaba de los ventanales abiertos al parque los largos días de verano, apreciando los álamos que en ramilletes enfilaban hasta el mar azul. Desde el mismo lugar, la lluvia o la nieve, brindaban un espectáculo distinto el resto del año. En las paredes blancas colgaban cuadros de mujeres de distintas razas, lánguidas, de mil formas insatisfechas que sin embargo, parecían sentirse complacidas de haber sido elegidas.De noche la sola luz del fuego del hogar, ofrecía un rincón que invitaba al diálogo afectuoso, a la expresión del sentir más sincero, a declaraciones desde lo más profundo, a la reflexión.
Había también una habitación grande donde lo atrapaban los mejores sueños, los más vívidos y reales. Cuando se vencían sus párpados, los grandes proyectos descendían como hojas otoñales desde el techo, se le presentaban y nutrían su expectativa sobre el día siguiente al que arribaría renovado, confiado y pleno de deseo. Por su ventana, el cielo estrellado sin otra competencia, iluminaba el plácido descanso, arrullado también por el vaivén nocturno en la playa cercana y rumorosa.
Rodeaba la casa un terreno con suave pendiente, apenas alterado por algún tronco caído atrapado por el musgo. Varios robles matizaban de ocre los muchos verdes de los pinos, hasta que los abedules interrumpían la visión con su corteza lechosa desde un colchón de hojas mullidas que los pájaros revisaban con esmero.
El interior estaba separado del afuera, por una galería elevada de madera rústica amoblada con sillones y hamacas, desde la cual se tenía una panorámica vista de las lomadas que se alejaban hacia el mar.
Atrás, bajo una acacia verde plomizo de flores amarillas, un techo de tejas coloniales sostenido por arcos de ladrillo, señalaba cual era el lugar de los asados. Por allí, una bomba de mano ofrecía agua fresca y pronta.
Desde que la había construido no había dejado un solo día de dormir bajo su techo y varias veces había intentado no hacerlo pero la atracción que ejercía sobre él era invencible. Ya se lo había advertido el viejo albañil mientras estudiaba el plano de obra una y otra vez: esta casa será imposible de abandonar. Y así parecía ser, cuando el caer de la tarde lo encontraba lejos, una nostalgia lo invadía y le hacía preguntarse por todas la formas de vida que allí lo estarían esperando, acabando ese reclamo por vencer su voluntad y empujándolo a volver. Recuperaba la paz una vez en ella, pero temió ser su prisionero.
Supuso que la respuesta a ese misterio estaba en alguna mágica clave inserta en el plano utilizado, buscándolo en la buhardilla invadida de tenues rayos de sol donde flotaban millones de partículas en pacífica suspensión, pero solo encontró polvo y libros viejos. Revisó después la biblioteca donde convivían libros de distinto origen, luego los baúles y cajas del sótano, todo sin éxito alguno.
El constructor había muerto de viejo y de rezongar lejos de allí, llevándose a la tumba innumerables secretos de su profesión asumidos en su larga vida, así como el destino del misterioso plano.
Mientras tanto los años pasaron placenteros en la casa que era el centro de su vida familiar y el sitio donde recibió a los amigos que lo acompañaron desde siempre y los que le regaló la adultez, que con su compañía fueron mitigando los temores iniciales.
El último verano se enteró que habían encontrado el plano de construcción, dudó en pedirlo y no lo hizo, en realidad había comprendido que la casa solo le pedía una recíproca entrega que él ya no iba a dejar de dar.

3 comentarios:
Hace aproximadamente una semana que no lloro a lágrima viva, y a pesar de la foto, el texto, y todo lo que ello significa, no lo voy a hacer.
Snif.
Qué bonita historia, cuánta ternura dentro.
Y sigue la vida...
Un abrazo,
Ruffus, me encanta que al mostrarnos la casa no tengas nada de agente inmobiliario, ni de arquitecto o albañil.
Eso sí, ¿dónde te sacaste el título de Arquitectura en emociones y palabras?
:)
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