Interferir en los destinos de las personas siempre fue algo delicado. No sé si debió...
Estoy hablando de Rosa Sampere, la chica de la casa de fotografías, la rubiecita. Única empleada de un pequeño negocio céntrico, casi una caja grande, con apenas vidriera y un minúsculo privado constituido por un tabique de madera austera sembrado de afiches que cumple el cometido de ocultar a los desaliñados y falsamente sonrientes candidatos a las fotos carné.
Durante la semana cumplía el ritual de 9 a 13 horas por las mañanas y de 16 a 20 por las tardes. También atendía los sábados, hasta el mediodía, casi como un puesto más del mercadillo que ese día rodeaba el local y le contagiaba su bullicio. El trabajo era un poco aburrido y quizás algo solitario, por ello no dejaba de convocar a que la visiten sus amigas, que de ida o vuelta de sus colegios, la pasaban a saludar esperando afuera cuando había clientes, para ocupar luego todo el espacio del comercio –para lo cual con dos de ellas bastaba-, y se actualizaban entonces ampliamente sobre el padrón de los jóvenes del pueblo o las injusticias del colegio y del trabajo.
Cuando del laboratorio llegaba el material revelado lo acomodaba en sus respectivos sobres y estos a su vez, en una especie de cajón que tenía a su derecha; siempre sin moverse del mostrador. Más adelante, en las tardes de invierno o solo cuando no tenía otra cosa que hacer, verificaba que las fotografías se correspondieran con los negativos y que estuviesen ordenadas con la cronología en que las fueron obteniendo
El contacto directo con las imágenes que manipulaba, poco a poco, la fue informando de la vida y obra de sus clientes.
El matrimonio de Sant Sadurní, que hoy pasó nuevamente, siempre estaba de viaje: las playas del Caribe ¡Qué envidia! (2 carretes de 36 al sol), al poco tiempo la Fiesta Mayor, – ahí están con las botellas de Cava-, (un carrete de 24) y al mes nomás, otro carrete (de 36), desde París.
Pere, el dulce, que estudia derecho y trabaja unas horas por las tardes con el forense y sus fotos horripilantes (varios carretes) -¡es increíble las fotos que sacan!-.
Iolanda, de la aseguradora. Teresa y Andrés (en sepia) y la otra pareja que también se divertían en la montaña con sus pequeños, los trineos y los juegos de nieve que todos los años son iguales y en los que no se sabe quién es quién (uno de 24 c/u).
Bailes, fiestas de fin de curso, nacimientos, bautismos, casamientos... La diminuta casa de fotos era una especie de Registro Civil paralelo de gran parte del pueblo. Y Rosa, su Oficial Mayor.
Los meses pasaban y los de Sant Sadurní, que repetían las mismas poses con distinto fondo, levantaban los niveles de producción del comercio: Venezuela, China (¡China!). No sobraban sonrisas ni generalmente había chicos en sus postales. Luego, por Lola se enteró, que estaban haciendo infructuosas gestiones para adoptar un niño en el exterior.
A Pere lo atrapó con engaños Montse. Incluso, se han casado algo después de un fin de semana puente, en los Pirineos. Tenía en su poder en algún sitio copias de ambos eventos (casamiento 24 negativos y fin de semana otros 4) lo que lleva a la única conclusión posible de que el primero fue consecuencia del segundo.
El bautismo de Marga y el accidente en que murieron sus padres el mismo día luego de la fiesta. ¡Iolanda solo está trayendo desgracias!! (2 carretes más, incluso fotos de los dos automóviles siniestrados).
La homosexualidad tan sospechada de los vecinos de arriba. ¡Quién les habrá sacado la foto en la fiesta de Sitges! Veremos quién se anima a retirarlas (Un carrete de 12)
Después, recuerdos comunes a todos: la nevada del 98 (ampliaciones), el desborde del río Penedès llevándose los jardines de las casas (no sé si en el 99 ó en el 2000), Castellers, el campeonato del Barça, Dragones...
No sé si Rosa en algún momento comprendió que tenía un extraño poder en sus manos que le permitía afectar o casi reacomodar como los sobres, la vida de sus vecinos. Para ello solo tenía que alterar el destino de una sola imagen, ponerla en el sobre equivocado y así destruir al pobre Don Jordi por mirar con un bien logrado brillo en los ojos a su sobrina, o a los de arriba por esa mano en la penumbra, o la memoria del padre de Marga por conducir varias personas a la muerte luego de retratarse brindando con toda la familia y miles de situaciones de las que hay una foto que muestra a otros ojos una realidad, que no ha sido del todo como creímos.
Sin embargo, por algo que tienen adentro las somnolientas empleadas de las casas de fotografía, eligió la más dulce y desamparada foto del bautismo de Marga y la sumó, delicadamente, como quién deja una semilla mimosamente a germinar, en el sobre para Sant Sadurní.

5 comentarios:
Que final más brutal! Y lo que me alegro de estar en la era de la fotografía digital.
Y yo en la del magnesio.
Mare meva!!!!!!!!!!!!!!
¿Cuándo publicas en papel?
Algo tengo pronto lo ofreceré.
¿Nos lo harás saber? Yo me lo compro y me tienes que prometer que me lo dedicas.¡Qué liusióm me hace!¡Es muy emocionante!
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